sábado, 31 de marzo de 2012

Letras libres, de contrabando.

La alarma del celular suena a las cuatro y media de la mañana, y mi sueño le pide prorroga a un reloj que no pretende detenerse, me levanto adormilado iniciando el camino ritual hacia la cocina buscando darle un sorbo a la primera taza de café, el baño me espera y la Terminal C también. Desde hace cuatro años  que regresé del gabacho, en donde me sedujo un tanto la falacia aquella del sueño americano, mi vida se ha vuelto aviones, plataformas, ambulatorios, salas de equipaje, pasajeros incómodos y clientes insaciables; los sueños idealistas de ser aquel perseguidor de noticias, veraz y oportuno, se acallaron con la necesidad de conseguir un jale para tener  acceso a las cosas que medianamente satisfacen mis necesidades, aunque la verdad, difícilmente estoy satisfecho. Si bien el trabajo es una bendición, es justo buscar hacer lo que mejor sabemos, pero sobre todo aquello que nos apasiona, y aunque modestamente puedo decir que hago mi trabajo con decoro, mis ideas se eleva tan alto como esos aviones que a menudo veo pasar.

De vez en cuando, aprovecho cualquier espacio, donde sea que la lucidez me aborde, para darle lugar a estos deseos reprimidos; aunque no creo que el gremio periodístico sea el único afectado, pues cuantas historias no se pregonan de abogados manejando taxis o despachando un puesto de tacos; al menos yo puedo hacer uso de la tecnología para que uno o dos medianamente me lean,  es mas fácil hacerlo a que un abogado salga a a la calle y se agarre a quien defender. Lo único bueno de todo esto es que la verdadera libertad la palpo cuando me siento y empiezo a ser yo, no hay una linea que seguir, no hay un objetivo que te dicten alcanzar, quien marca la pauta de lo que pienso soy yo, creo que son en momentos como este en los realmente se es libre, sucede lo mismo al escribir una canción o tomar una foto de un lugar que nos guste, dejamos de ser lo que el mundo quiere y empezamos a ser lo que hemos querido.

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