lunes, 21 de octubre de 2013

La bestia de la esperanza

La noche refrescaba en Arriaga, una veintena de paisas y otros cien compas esperábamos sigilosamente en los alrededores de la estación, aguardando el momento justo en que La Bestia despertara echando a andar su convoy de materias primas y esperanzas. Atrás ha quedado la zozobra de vivir despiertos la pesadilla gris de un lugar en donde el tiempo parece no transcurrir. Decidí igual que muchos otros salvadoreños a quienes tampoco les sonrió la vida buscar al norte un mundo mejor entre las barras y las estrellas. 

El llamado Tren de la Muerte rechinaba cada tercer día anunciando el momento para que el centenar de almas cargadas sólo con sus ilusiones se abalanzaran de cualquier extremidad de este animal acerado. Polizontes sin nada que perder nos montamos en el que podría ser un viaje sin retorno, pero si la suerte iba de nuestro lado, en algunos días estaríamos comiendo un Bic Mac con papas, conformes con la única posibilidad de enviar las ganancias de nuestro trabajo a la familia que dejamos atrás. En el peor de los casos, podríamos volver repatriados o simplemente quedar en olvido de una morgue en una ciudad fronteriza con la etiqueta de “no nombre”.

Cuando salí de mi hogar mi madre me dio entre sollozos un escapulario de la Virgen de Guadalupe, dijo que si la mayor parte de mi travesía iba a ser por tierras de La Jefita podría acudir a ella cada vez que necesitase. Aunque no soy apegado a la religión pensé que sería bueno tener a quién rezar cuando las cosas no fueran bien. Lo último que le oí decir a mi madre fue – Adiós hijo, que Dios te bendiga- y me dio el beso más cálido que jamás haya sentido.Andrés gritaba desde fuera  –Rigo Rigo, anda que se nos hace tarde- ansioso. Era mi mejor amigo y el culpable de que ahora estemos emprendiendo la aventura de este viaje.
El trayecto de Cujitepeq a Arriaga fue fácil, no fue gran problema burlar la seguridad, pagamos para que una persona nos cruzara por la frontera sur de México, el extenso país que nos separaba de nuestro destino. Gracias a Dios no encontramos Maras en el camino que nos despojaran de las pocas pertenencias que cabían en la mochila que llevamos al hombro, salimos equipados con un cambio de ropa, algunos víveres y agua para poder resistir.

Todo estaba listo, ente los demás pasajeros sin boleto ya se había divulgado que esa noche saldría La Bestia así que estábamos a la espera de que encendiera la maquina. Algunos de los compas que esperaban junto a nosotros nos aconsejaban que una vez montados nos pescáramos bien fuerte de donde se pudiera para no caer entre sus aplastantes garras que han despedazado manos, piernas y vidas. Andrés y yo escuchamos con miedo a Jacinto, el guatemalteco recuerda cómo el devora migrantes le cercenó la mano izquierda; el hombre sabía de lo que hablaba, pero pese a su amputación seguía aferrado a ganarle la partida.
Inundados de una mezcla de valor y miedo nos trepamos con más tripas que corazón, finalmente eso era lo que habíamos elegido. Una vez abordo recorrimos las orillas hasta llegar a una escalera que nos llevaba al lomo de la fiera. El desfile de centroamericanos copaba los techos de los vagones, sentados viendo entre bosques y matorrales cómo se acortaban las distancias entre el bien y el mal.
El espacio era muy reducido así que buscamos un pedacito de superficie donde cupieran nuestros dos escuálidos cuerpos. Ahí conocimos a Ramón, un viejo que apestaba a cigarros Delicados que nos recomendó con su voz de bocina desvencijada no ceder a los encantos del sueño -.el que se duerme pierde- y vaya que perdía en todos los sentidos.
No sabía dónde íbamos, sólo supimos que el tren salió de Arriaga rumbo a Ixtepec, nos esperaba un viaje de 13 horas para la primera parada, el frío no daba tregua y la panza ronroneaba de hambre. Sacamos las manzanas que habíamos comprado en los alrededores de la estación. La gente contaba las anécdotas sobre el Tren de la Muerte, se oía de todo, desde que los maquinistas están entendidos con los mareros para que nos atraquen en las paradas ya pactadas; que  Paquito, el hijo de doña Eduviges, las ruedas del tren le habían amputado las dos piernas; que a la prima de uno de Guatemala la violaron. Un montón de aterradoras historias que parecían ser combustible para prolongar más la incertidumbre de ver si llegaríamos con vida al ansiado destino.

Empezaba a clarear el día cuando un hondureño al que le decían El Pelón gritó -¡Ya llegamos a Ixtepec!-. El ya había pisado suelo americano pero fue deportado en una redada en la fabrica de Dallas donde trabajaba de ilegal, él conocía bien el recorrido, era la segunda vez que retaba a las fauces de acero.
No estuvimos mucho tiempo en Ixtepec, ahí se desanclaron cinco vagones del convoy y el espacio para nosotros se redujo, ahora el montón de albañiles, plomeros, jornaleros y afanadoras, la mejor mano de obra barata de Centroamérica yacía en los más alto del tren. La tirada de Andrés y mía era llegar hasta Coatzacoalcos, ahí mi tío Pedro que vive en Nashville, tiene el contacto de un pollero que nos llevaría al otro lado. El dinero lo traíamos bien escondido en una navaja por lo que se pudiera ofrecer.
El camino a Coatza se nos hizo eterno, el sol de Oaxaca a Veracruz quemaba hasta el tuétano pero no alcanzaba a hasta donde guardamos las ilusiones, de poquito en poquito sorbíamos de la botella de agua que aún nos quedaba. Nos alimentamos de una mordida al pan y otra a la esperanza, la necesidad siempre nos obligó a racionarlo todo, nacimos limitados y así hemos sido, todo a cuenta gotas.
Andrés y yo no hablábamos mucho, no sé si porque los dos íbamos ideando todo lo que haríamos si terminábamos con éxito ese paso por el purgatorio, tal vez Estados Unidos no es el cielo, pero al menos era la oportunidad de dejar atrás nuestros infiernos.
Ya apostados en Veracruz, busqué entre mis cosas el número del pollero que me recomendó el tío, habíamos salido bien librados de La Bestia así que decidimos continuar la recta final de nuestro trayecto bajo la guía de un traficante de sueños. Buscamos un teléfono público, lo encontramos y con los cinco pesos de mu bolsa hice la llamada, marcaba ocupado, el teléfono se tragó mi moneda pero no mi paciencia. Llamé de nueva cuenta, al primer timbre contestó un bato de ensordecedora voz, expliqué la razón de mi llamada y sin más información me dijo que nos viéramos en una plaza a 30 minutos de donde nosotros estábamos. Era precisamente el día de salida de la comitiva, sólo era cuestión de esperar unas horas.
Andrés fumaba un cigarro mientras yo averiguaba cómo llegar a nuestro punto de encuentro con el pollero, los nervios me acompañaron desde que salí de Cujitetepeq. Agarramos una pecera que nos llevó a la mentada plaza, apenas nos bajamos y pude identificar al montón de salvadoreños, hondureños, ecuatorianos, brasileños y demás compas, hombres y mujeres buscadores del American Way of Life.
Al pollero lo apodaban El Perro, especialista en logística y comercio exterior humano, llevaba a detalle todo el itinerario de viaje. Lo acompañaba su mujer, una morena de caderas anchas y pechos libres, era lo más sexy que había visto desde que salimos de casa, además se encargaba de recaudar la cuota por el traslado hasta El Bravo. El Perro estaba arreglado con policías municipales, federales y todo lo que oliera a ley que pudiera interrumpir nuestro último trayecto por tierras mexicanas. De Coatzacoalcos pegaríamos un salto hasta Boca del Río, en un tráiler ya nos estaba esperando, en la parte trasera de la caja nos acomodamos más de 70 almas esperanzadas, escondidos tras colchones que eran la carga oficial.
Otras 13 horas de camino antes de llegar a un nuevo destino, San Fernando, ahí nos bajamos del tráiler para subir a un camión para emprender el último suspiro por las inhóspitas tierras del olvido. Hacía un calor del demonio, pero al menos podíamos dormir sentados, uno junto al otro. Andrés y yo siempre juntos, desde la infancia, también la otra bola de sin papeles que buscaban una vida mejor. Mi amigo se levantó asustado -¡Rigo, Rigo! Ya se paró el tráiler- Yo medio desperté tratando de ver qué estaba pasando, se escuchaba ruido de mucho movimiento afuera de la caja, barrido de llantas, pasos de varias personas, estábamos asustados y confusos. Escuche que alguien le gritaba al chofer -¡Bájate hijo de tu puta madre!- supe que algo iba mal y me invadió el miedo con los gritos -¡Ándale cabrón, abre la caja. ¿Qué es lo que llevas? -. El chofer obedeció, nada más podía hacer. El Perro, que iba de copiloto estaba inmóvil de miedo, lo pude ver cuando abrieron las puertas de la caja. Dos batos subieron con cuernos de chivo en mano -¡Pinche bola de culeros, son puros mojados cabrón! ¡Bájense hijos de la chingada, ya se los cargo la verga!- amenazaban provocando que nos arrinconáramos más en la parte trasera de la caja, -¡orale cabrón!- me  dijo uno antes de hacerme caer de rodillas por el golpe de la escopeta en mi espalda.
Fuimos bajados entre gritos y golpes uno por uno del camión, afuera unos diez hombres más nos esperaban, todos armados y desalmados. Nos pidieron dinero para dejarnos seguir, pero muchos ya habían gastado todo antes de tomar este tráiler, se los habíamos dado a la vieja de El Perro. Finalmente entendieron que no podían sacarnos más dinero, pero nos querían llevar con ellos, eran los de La Letra, los de la maña, eso de los que tanto se habla en las noticias y que tanto nos contaron cuando íbamos montados sobre La Bestia.

Uno que parecía el jefe lanzó el primer ultimátum –bueno culeros como no traen lana les va a tocar jalar con nosotros- nos resistimos, no éramos malos, no queríamos eso, estábamos aquí porque íbamos en busca de lo nunca habíamos tenido. Traté de correr, había mucho monte por donde escaparme pero mi huida fue en vano, la ráfaga de un AK-47 me alcanzó a pegar en la pierna derecha, caí desplomado, Andrés trató de ayudarme pero no lo dejaron.
A todos los tenían apuntándoles y nos volvieron a subir al camión, yo estaba muy mal herido, creo que me desmayé al ver tanta sangre. No sé qué paso después, acabo de despertar pero veo a todos durmiendo, amontonados, unos encima de otros. Todo está silencio, cómo llegamos hasta aquí, en dónde estamos, alguien diga algo por favor. Los muevo, les grito pero nadie responde. Abro y cierro los ojos, trato de entender, un momento, todos están muertos, ¿estamos muertos?, ¡estamos muertos!. Dios mío, mi madre, Andrés, ¡Andrés levántate!. No puedo oírme. Todo ha acabado, no completamos el sueño, sí es cierto, sobrevivimos a La Bestia pero caímos en algo peor, algo que había nacido puro pero que se pudrió con la vida, el hombre.



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