La
noche refrescaba en Arriaga, una veintena de paisas y otros cien compas
esperábamos sigilosamente en los alrededores de la estación, aguardando el
momento justo en que La Bestia
despertara echando a andar su convoy de materias primas y esperanzas. Atrás ha
quedado la zozobra de vivir despiertos la pesadilla gris de un lugar en donde
el tiempo parece no transcurrir. Decidí igual que muchos otros salvadoreños a
quienes tampoco les sonrió la vida buscar al norte un mundo mejor entre las
barras y las estrellas.
El
llamado Tren de la Muerte rechinaba
cada tercer día anunciando el momento para que el centenar de almas cargadas
sólo con sus ilusiones se abalanzaran de cualquier extremidad de este animal
acerado. Polizontes sin nada que perder nos montamos en el que podría ser un
viaje sin retorno, pero si la suerte iba de nuestro lado, en algunos días
estaríamos comiendo un Bic Mac con papas, conformes con la única posibilidad de
enviar las ganancias de nuestro trabajo a la familia que dejamos atrás. En el
peor de los casos, podríamos volver repatriados o simplemente quedar en olvido
de una morgue en una ciudad fronteriza con la etiqueta de “no nombre”.
Cuando
salí de mi hogar mi madre me dio entre sollozos un escapulario de la Virgen de
Guadalupe, dijo que si la mayor parte de mi travesía iba a ser por tierras de La Jefita podría acudir a ella cada vez
que necesitase. Aunque no soy apegado a la religión pensé que sería bueno tener
a quién rezar cuando las cosas no fueran bien. Lo último que le oí decir a mi
madre fue – Adiós hijo, que Dios te bendiga- y me dio el beso más cálido que
jamás haya sentido.Andrés gritaba desde fuera
–Rigo Rigo, anda que se nos hace tarde- ansioso. Era mi mejor amigo y el
culpable de que ahora estemos emprendiendo la aventura de este viaje.
El
trayecto de Cujitepeq a Arriaga fue fácil, no fue gran problema burlar la
seguridad, pagamos para que una persona nos cruzara por la frontera sur de
México, el extenso país que nos separaba de nuestro destino. Gracias a Dios no
encontramos Maras en el camino que
nos despojaran de las pocas pertenencias que cabían en la mochila que llevamos
al hombro, salimos equipados con un cambio de ropa, algunos víveres y agua para
poder resistir.
Todo
estaba listo, ente los demás pasajeros sin boleto ya se había divulgado que esa
noche saldría La Bestia así que
estábamos a la espera de que encendiera la maquina. Algunos de los compas que
esperaban junto a nosotros nos aconsejaban que una vez montados nos pescáramos
bien fuerte de donde se pudiera para no caer entre sus aplastantes garras que
han despedazado manos, piernas y vidas. Andrés y yo escuchamos con miedo a
Jacinto, el guatemalteco recuerda cómo el devora
migrantes le cercenó la mano izquierda; el hombre sabía de lo que hablaba,
pero pese a su amputación seguía aferrado a ganarle la partida.
Inundados
de una mezcla de valor y miedo nos trepamos con más tripas que corazón,
finalmente eso era lo que habíamos elegido. Una vez abordo recorrimos las
orillas hasta llegar a una escalera que nos llevaba al lomo de la fiera. El
desfile de centroamericanos copaba los techos de los vagones, sentados viendo
entre bosques y matorrales cómo se acortaban las distancias entre el bien y el
mal.
El
espacio era muy reducido así que buscamos un pedacito de superficie donde
cupieran nuestros dos escuálidos cuerpos. Ahí conocimos a Ramón, un viejo que
apestaba a cigarros Delicados que nos recomendó con su voz de bocina
desvencijada no ceder a los encantos del sueño -.el que se duerme pierde- y
vaya que perdía en todos los sentidos.
No
sabía dónde íbamos, sólo supimos que el tren salió de Arriaga rumbo a Ixtepec,
nos esperaba un viaje de 13 horas para la primera parada, el frío no daba
tregua y la panza ronroneaba de hambre. Sacamos las manzanas que habíamos
comprado en los alrededores de la estación. La gente contaba las anécdotas
sobre el Tren de la Muerte, se oía de
todo, desde que los maquinistas están entendidos con los mareros para que nos atraquen en las paradas ya pactadas; que Paquito, el hijo de doña Eduviges, las ruedas
del tren le habían amputado las dos piernas; que a la prima de uno de Guatemala
la violaron. Un montón de aterradoras historias que parecían ser combustible
para prolongar más la incertidumbre de ver si llegaríamos con vida al ansiado
destino.
Empezaba a clarear el día cuando un hondureño al que
le decían El Pelón gritó -¡Ya
llegamos a Ixtepec!-. El ya había pisado suelo americano pero fue deportado en
una redada en la fabrica de Dallas donde trabajaba de ilegal, él conocía bien
el recorrido, era la segunda vez que retaba a las fauces de acero.
No estuvimos mucho tiempo en Ixtepec, ahí se
desanclaron cinco vagones del convoy y el espacio para nosotros se redujo,
ahora el montón de albañiles, plomeros, jornaleros y afanadoras, la mejor mano
de obra barata de Centroamérica yacía en los más alto del tren. La tirada de
Andrés y mía era llegar hasta Coatzacoalcos, ahí mi tío Pedro que vive en
Nashville, tiene el contacto de un pollero que nos llevaría al otro lado. El
dinero lo traíamos bien escondido en una navaja por lo que se pudiera ofrecer.
El camino a Coatza se nos hizo eterno, el sol de
Oaxaca a Veracruz quemaba hasta el tuétano pero no alcanzaba a hasta donde
guardamos las ilusiones, de poquito en poquito sorbíamos de la botella de agua
que aún nos quedaba. Nos alimentamos de una mordida al pan y otra a la
esperanza, la necesidad siempre nos obligó a racionarlo todo, nacimos limitados
y así hemos sido, todo a cuenta gotas.
Andrés y yo no hablábamos mucho, no sé si porque los
dos íbamos ideando todo lo que haríamos si terminábamos con éxito ese paso por
el purgatorio, tal vez Estados Unidos no es el cielo, pero al menos era la
oportunidad de dejar atrás nuestros infiernos.
Ya apostados en Veracruz, busqué entre mis cosas el
número del pollero que me recomendó el tío, habíamos salido bien librados de La Bestia así que decidimos continuar la
recta final de nuestro trayecto bajo la guía de un traficante de sueños.
Buscamos un teléfono público, lo encontramos y con los cinco pesos de mu bolsa
hice la llamada, marcaba ocupado, el teléfono se tragó mi moneda pero no mi
paciencia. Llamé de nueva cuenta, al primer timbre contestó un bato de
ensordecedora voz, expliqué la razón de mi llamada y sin más información me
dijo que nos viéramos en una plaza a 30 minutos de donde nosotros estábamos.
Era precisamente el día de salida de la comitiva, sólo era cuestión de esperar
unas horas.
Andrés fumaba un cigarro mientras yo averiguaba cómo
llegar a nuestro punto de encuentro con el pollero, los nervios me acompañaron
desde que salí de Cujitetepeq. Agarramos una pecera que nos llevó a la mentada
plaza, apenas nos bajamos y pude identificar al montón de salvadoreños,
hondureños, ecuatorianos, brasileños y demás compas, hombres y mujeres
buscadores del American Way of Life.
Al pollero lo apodaban El Perro, especialista en logística y comercio exterior humano,
llevaba a detalle todo el itinerario de viaje. Lo acompañaba su mujer, una
morena de caderas anchas y pechos libres, era lo más sexy que había visto desde
que salimos de casa, además se encargaba de recaudar la cuota por el traslado
hasta El Bravo. El Perro estaba
arreglado con policías municipales, federales y todo lo que oliera a ley que pudiera
interrumpir nuestro último trayecto por tierras mexicanas. De Coatzacoalcos
pegaríamos un salto hasta Boca del Río, en un tráiler ya nos estaba esperando,
en la parte trasera de la caja nos acomodamos más de 70 almas esperanzadas,
escondidos tras colchones que eran la carga oficial.
Otras 13 horas de camino antes de llegar a un nuevo
destino, San Fernando, ahí nos bajamos del tráiler para subir a un camión para
emprender el último suspiro por las inhóspitas tierras del olvido. Hacía un
calor del demonio, pero al menos podíamos dormir sentados, uno junto al otro.
Andrés y yo siempre juntos, desde la infancia, también la otra bola de sin papeles que buscaban una vida mejor.
Mi amigo se levantó asustado -¡Rigo, Rigo! Ya se paró el tráiler- Yo medio
desperté tratando de ver qué estaba pasando, se escuchaba ruido de mucho
movimiento afuera de la caja, barrido de llantas, pasos de varias personas,
estábamos asustados y confusos. Escuche que alguien le gritaba al chofer
-¡Bájate hijo de tu puta madre!- supe que algo iba mal y me invadió el miedo
con los gritos -¡Ándale cabrón, abre la caja. ¿Qué es lo que llevas? -. El
chofer obedeció, nada más podía hacer. El
Perro, que iba de copiloto estaba inmóvil de miedo, lo pude ver cuando
abrieron las puertas de la caja. Dos batos subieron con cuernos de chivo en
mano -¡Pinche bola de culeros, son puros mojados cabrón! ¡Bájense hijos de la
chingada, ya se los cargo la verga!- amenazaban provocando que nos
arrinconáramos más en la parte trasera de la caja, -¡orale cabrón!- me dijo uno antes de hacerme caer de rodillas
por el golpe de la escopeta en mi espalda.
Fuimos bajados entre gritos y golpes uno por uno del
camión, afuera unos diez hombres más nos esperaban, todos armados y desalmados.
Nos pidieron dinero para dejarnos seguir, pero muchos ya habían gastado todo
antes de tomar este tráiler, se los habíamos dado a la vieja de El Perro. Finalmente entendieron que no
podían sacarnos más dinero, pero nos querían llevar con ellos, eran los de La Letra, los de la maña, eso de los que tanto se habla en las noticias y que tanto
nos contaron cuando íbamos montados sobre La
Bestia.
Uno que parecía el jefe lanzó el primer ultimátum
–bueno culeros como no traen lana les va a tocar jalar con nosotros- nos
resistimos, no éramos malos, no queríamos eso, estábamos aquí porque íbamos en
busca de lo nunca habíamos tenido. Traté de correr, había mucho monte por donde
escaparme pero mi huida fue en vano, la ráfaga de un AK-47 me alcanzó a pegar
en la pierna derecha, caí desplomado, Andrés trató de ayudarme pero no lo
dejaron.
A todos los tenían apuntándoles y nos volvieron a
subir al camión, yo estaba muy mal herido, creo que me desmayé al ver tanta
sangre. No sé qué paso después, acabo de despertar pero veo a todos durmiendo,
amontonados, unos encima de otros. Todo está silencio, cómo llegamos hasta
aquí, en dónde estamos, alguien diga algo por favor. Los muevo, les grito pero
nadie responde. Abro y cierro los ojos, trato de entender, un momento, todos
están muertos, ¿estamos muertos?, ¡estamos muertos!. Dios mío, mi madre,
Andrés, ¡Andrés levántate!. No puedo oírme. Todo ha acabado, no completamos el
sueño, sí es cierto, sobrevivimos a La
Bestia pero caímos en algo peor, algo que había nacido puro pero que se
pudrió con la vida, el hombre.