La noche de ayer el sueño me
sorprendió después de haberle dado dos bocanadas al pasado y caí rendido en los
profundos brazos de Morfeo, a media noche la llamada de mi amor me despertó
para felicitarme en la antesala al tercer piso, escuchar su voz me hizo saber
cuan afortunado he sido.
Volví a dormir anhelando las
mismas cosas de siempre, ese deseo de poder hacer lo que más me gusta aun no
desaparece, ni tampoco el de la paz del mundo, el México que quiero y ese vocho
de colección que de un tiempo acá me viene seduciendo.
Lo primero que escuché la
mañana de este dos de octubre, que no se debe olvidar nunca, fue la llegada de
mi hermana con mi sobrino, las 10 horas de descanso habían sido suficientes y
ese balbuceo que desde hace seis meses se oye en casa despiertan el instinto
paterno que debo ir forjando para cuando nuestro momento llegue.
Pedí mi día de descanso,
aunque son muchos en el trabajo los que creo me aprecian igual al mismo número
que el que no, decidí pasarla en casa sin la necesidad de tener que ir a lugar
que por lo regular no quiero. Modorro y desorientado camine la ruta hacia el
café que religiosamente bebo cada vez que despierto, no se desde cuando eso se
volvió el remedio para estar sedado al calvario de la vida.
Hago lo que me gusta, sin
importar de que escriba, ya no me importa si Tigres va a segunda o Rayados
canta copas restregándolas en las narices , da igual, eso dejo de importarme
cuando me separé de la masa a la que no le han dicho que es solo un juego. Me
gusta escribir, contar lo que pasa, ya sea de patadas, goles, carreras o
encestadas, podría escribir de otra cosas, pero las cosas a veces nos eligen.
Un platón de cereal, pues
desde hace tiempo que se metió en la cabeza la idea de comer sanamente para
vivir más tiempo, sin embargo sucumbo fácilmente ante la comida que nocivamente
prohíben e incongruentemente en cada esquina la puedes encontrar. Logré
convertirme en el adulto contemporáneo que come mientras trabaja, pues hay que
aprovechar el tiempo y son dos notas diarias que no se van a mandar solas,
aunque a veces se queden en la bandeja de entrada de mi editora.
El día transcurre, es
momento de hacer deporte y vuelvo a nadar, después de haberlo dejado 10 meses
de tres años de rigurosa disciplina, con seis kilos de más desde la última vez
y menos ágil sigo nadando lo mismo, no importaron los calambres para los 3500
metros que con aletas en hora y media me aventé.
Así, es así como he pasado
el día de los 29 antes del tercer piso, con dolencias y achaques que cuando
empecé esta década no tenía, con la experiencia y la nostalgia que se
entrelazan para revolcarse en la cama de la verde juventud dejada atrás de una
vida que realmente he disfrutado vivir.
Sigo siendo un quejumbroso, obstinado, amargado,
ácido, irreverente, insurgente, grillo, transeúnte de este mundo pies de plomo como
diría el Mastuerzo, pero sigo afianzado a él, con la misma facha, con el mismo
corazón, con un nuevo y único amor.
No
se si la he vivido como debe de ser, aunque quien dice como debe serlo, pero me
ha gustado como la he vivido, tal vez si volviera a suceder seguiría haciendo
lo mismo.
Me
ha dado cuenta que ahora me preocupo por lo que antes no, me da miedo cuando
ocurre con las cosas menos importantes, pero así es, son los estragos de ir creciendo, de vivir y
sentir sin morir en el intento.
Aunque
suene cursi o crean que compré la idea de
las obviedades que ahora promueven los mentores de una ¨buena vida¨, si hay mil
razones por las que me podría quejar de mi vida, me ha pasado de todo, me ha
dolido todo y no he conseguido todo, pero por cada una de esas cosas que me
clavó una estaca, existe una que me hace reír y me olvidó de todo, no importa
si es a costa mía, reírme de mi mismo ha sido el mejor habito que he aprendido.
Por
eso hoy, en los 29 antes del tercer piso, sigo creyendo que esto es solo el
inicio de una vida con verdadero sentido.